7

Nov

by Gerónimo Jaime

Otra historia que circula, y mucho, entre mis habitantes es la de aquel hombre que permaneció inmóvil, de pie, durante mucho tiempo.

El primer día, quienes pasaron delante de él ni siquiera le prestaron atención. Fueron los mismos que, a la mañana siguiente, repitieron su recorrido, aunque esta vez con una leve extrañeza. Tan solo un viento, como un eco, en sus mentes enrarecidas por el mucho hacer y la mucha prisa.

Fue al tercer día cuando empezaron a pensar que llegaba muy pronto, cuando las calles aún no están puestas, y que aguardaba su turno para hacer de estatua humana. Así que le dejaban monedas a sus pies.

Un panadero y un mecánico, que esperaban clientes en las puertas de sus respectivos negocios, empezaron a verlo raro. Juraban que ni siquiera de noche se iba a su casa.

Una semana y media costó que alguien se acercara y le preguntara:

—¿Se encuentra usted bien?

Evidentemente, no contestó, así que ahora, para la gente, era un maleducado y un grosero.

Volvemos a nuestro panadero y a nuestro mecánico, personas de gran valentía, que, al unísono, lo movieron y lo zarandearon, notando que estaba frío y que parecía estar ya fallecido.

—Llamemos a una ambulancia y a la policía —dijeron ambos.

—Esperen, no lo hagan.

Había hablado. Luego, algo importante tendría que contar. La gente se agolpó a su alrededor. Alguien que llevaba casi dos semanas en la calle, en la misma postura, reacio a que se lo llevaran y sin dormir, era digno de ser escuchado.

—Mi hija yace en una clínica, aquejada de una enfermedad grave y rara que la mata día a día. El día que yo me mueva, ella morirá.

Hasta entonces, nadie se había dado cuenta de hacia dónde miraba: hacia un hospital que tenía enfrente.

«La esperanza es el sueño del hombre despierto».

—Aristóteles

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