En mi país, Cristalescrito, habitan, como ya sabéis, muchos y curiosos personajes que merecen pasar de neurona en neurona para que sus historias queden finalmente plasmadas en esta pantalla.
Contaré entonces que había una vez un hombre de carácter un tanto especial.
Trataba a sus semejantes como si les propinara una patada en el estómago.
Disfrutaba siempre de la sorpresa del momento, pues todos nos quedamos paralizados cuando alguien nos falta al respeto o nos insulta sin saber cómo reaccionar.
Imaginemos por un momento que a este señor, de unos cuarenta años, alguien le pregunta la hora a la salida del metro para saber si llega tarde.
—¿Por favor, sería tan amable de decirme la hora? —preguntó un transeúnte.
—Sabes que yo la sé. Es más, tengo reloj, pero no me da la gana de decírtela.
Otra circunstancia que debemos añadir a esta receta de personalidad es el mucho tiempo que llevaba manteniendo esa misma actitud ante la vida y la indigestión que semejante comportamiento podía llegar a producirle en el corazón. Porque, al final, hasta el vinagre puede agriarse todavía más.
Aquel día llegó tarde al trabajo. Maldijo el tráfico que había encontrado.
La dificultad para encontrar aparcamiento también contribuyó a amargarle el humor.
Cuando entró en su despacho, todo estaba atrasado: las reuniones, el almuerzo… Aquello era inadmisible. ¡Con mayúsculas!
—Ana, ¿sabe lo que le digo? Queda despedida. ¡Pero ya! ¡A la calle! Es usted una inepta —le espetó a su secretaria.
El vendaval de su ira comenzaba a despertar.
El teléfono sonaba una y otra vez, pero no tenía a nadie que atendiera las llamadas.
—¿Que eres mi mejor cliente? ¿Que me haces muchos pedidos? Pues ya puedes dejar de hacerlos. ¡No te vendo nada más!
Ahora discutía con todo el mundo.
Salió a la calle. Volvería a casa andando. Estaba harto de tanta gente que no sabía conducir.
Vio a una niña corriendo con un globo y tropezó con ella.
—Perdone, viejo, no ha sido queriendo —dijo la niña.
—¿Cómo que viejo? ¡Niña asquerosa! Dame el globo. ¿Lo ves? ¿Lo ves? Pues ahora lo suelto.
Y lo soltó.
La dejó llorando.
¡Mira que llamarle anciano!
Entró en su hogar, dejó la chaqueta y se miró en el espejo. Pero aquel ya no era él. Juraría que había envejecido: de los cuarenta años que tenía había pasado a aparentar ochenta. Hasta el pelo se le había vuelto gris.
Se tocó la cara con las manos. No había error posible: tenía arrugas.
Asustado y triste, volvió a salir a pasear, pero esta vez tuvo que hacerlo con la ayuda de un bastón y apoyando una mano en la cadera.
«Morena era mi lanza pero el polvo de la batalla ha cubierto su cabeza de canas
Proverbio Chino».
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