3
Nov
Un hombre recorría un camino entre las montañas.
En el pueblo donde había pasado la noche le advirtieron de que muchos viajeros se perdían en la senda que pensaba tomar a la mañana siguiente.
Les contestó que unos asuntos privados de máxima urgencia requerían su presencia. Por tanto, era mejor tomar aquel atajo: llegaría antes.
Al atardecer, después de mucho andar, llegó a un cruce de caminos.
Frente a él se extendía un terreno llano. El frescor y el recogimiento que transmitía la espesura de los árboles lo hacían parecer un lugar cómodo y agradable.
Si optaba por caminar hacia su derecha, encontraría un sendero pedregoso y dificultoso. Incluso tendría que escalar en algunos tramos.
A su izquierda, el camino estaba cubierto de espinos y zarzas. No sería nada fácil atravesarlo sin acabar con numerosas heridas.
Mientras dudaba, le llegó un olor nauseabundo. Comprobó que procedía de una ciénaga. La curiosidad pudo más que la prudencia y se acercó demasiado a ella.
Los vapores que emanaban de aquel lugar le hicieron caer en un profundo sueño.
En aquel momento se vio a sí mismo siendo pequeño, apenas tendría catorce años. Contemplaba cómo sus padres le educaban.
—Hijo mío, soy tu padre y quiero decirte que te prepares y aprendas mucho. Si corres demasiado y te apresuras, no conseguirás logros duraderos. Los que realmente perduran son los que cuesta tiempo alcanzar.
—Hijo, soy tu madre. No tomes la senda fácil ni aquella que pueda herirte. Huye de ambas.
Despertó.
Recordaba nítidamente aquella experiencia onírica. Sacó un libro sobre la región y un mapa. Tal como le había aconsejado su padre, estudió bien el recorrido, no como aquellos viajeros que se aventuraban sin más.
Y, teniendo presente lo que le había dicho su madre, la respuesta sobre qué camino debía escoger estaba clara.
Era mejor escuchar a ambos.
«Hombre apercibido anda seguro el camino».
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