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Oct

by Gerónimo Jaime

—Chico, juraría que has crecido. ¿Y a tu edad?

—¿Tú crees?

—Pues más o menos siempre hemos tenido la misma estatura. Y ahora, a ver… Nos ponemos uno enfrente del otro… ¿Lo ves? Casi me sacas una cabeza.

—Si tú lo dices… No me había fijado, la verdad.

—¿Usas la misma ropa?

—Ahora que lo dices, los pantalones me venían largos, hasta casi la mitad del pie, y hoy apenas me llegan al tobillo.

—¿Lo ves?

—Casi había pensado en ir a comprar otros a un centro comercial. Es que no me veo bien. Además, me entra frío, y eso que llevo calcetines.

—Hombre, pues te acompaño. ¿Ves? Ahí enfrente tenemos una tienda de ropa.

—Vale, ya que hemos salido a pasear, podemos perder algo de tiempo comprando.

—Crucemos la acera.

—Voy.

—¿Qué haces, Felipe? ¡Cuidado! ¡El bordillo! ¡Que te vas, que te vas…! ¡Vas a caer!

Rueda por el suelo y queda algo aturdido por el batacazo.

Su amigo corre a ayudarlo, pero él ya se ha levantado y se está quitando el polvo de la ropa.

—¡Chico! ¡Menudo guarrazo te has dado!

—No ha sido nada, no ha sido nada. Tranquilo.

—Ahora sí que tenemos que ir corriendo a la tienda.

—¿Por qué? Tampoco se ha roto la tela. En la lavadora quedará todo limpio enseguida.

—¡No, qué va! Felipe, es que ahora te llega por la rodilla y me sacas dos cabezas.

—¡Ostras! Pues es verdad. Soy más grande. Vamos, antes de que… que… me quede desnudo…

—¡Felipe! ¡Felipe! ¡El agujero otra vez! ¡No corras, que te vuelves a caer!

—¡Ala! Ahora hasta la camisa se le ha quedado pequeña… Se ha vuelto a caer… y se ha levantado.

El hombre que se levanta es aún más grande que el que no ha caído

Concepción Arenal

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