28

Oct

by Gerónimo Jaime

Cuando alguien o algo te cae muy mal, tienes que hacer de cocinero o cocinera. Voy a explicar cómo lo entiendo yo.

Lo primero es saber usar los cuchillos. Imagino que quieres «cortar por lo sano», para lo cual tendrás que elegir uno que tenga un buen filo.

Después, tienes que conocer los ingredientes del guiso. Puedes tirar tomates… ¡No, a la cara no, de momento! También podemos añadir cebollas para hacer llorar. Incluso puedes sofreír en aceite hirviendo. ¿Que no? Pues antiguamente era una práctica bastante común de tortura.

Quizá prefieras el picante. Entonces, como hay alientos que matan, el chile, la pimienta o el ajo pueden venirte bien.

Luego puedes ponerlo todo a hervir a fuego lento. No te vas a quedar con las ganas de pegar algún grito. Suéltalo: «¡Vete a la mi…!». Ya has entrado en ebullición. Bien, es un buen paso para sentirte mejor. Casi tenemos la comida lista.

Dejemos que repose durante veinte minutos de ira. «Eres un cer…o». «Tú y tus…». «¡Si es que eres como tu madre!». Cada burbuja que se convierta en vapor debe transformarse en una frase: «Como jefe eres un id…ta». Así, ¡a hacer humo te mando!

Llegamos a la carne asada. «Hay que poner toda la carne en el asador». Vuelta y vuelta, hasta que se dore. Pero no nos quememos, porque entonces habremos estropeado el plato.

Para terminar, toca saborear. Si tiene ese punto de sal, hay que procurar no pasarse en este último tramo. Las cosas se pueden decir con gracia y salero: «Si fueras un mono, ¡habrías inventado tú las monerías!». «¡Tu familia…! Ahora ya sé que venimos de los trogloditas».

Ya tenemos el plato listo para servir, bien cocinado. Recordemos que «la venganza es un plato que se sirve frío». Y si el enfado continúa, recuerda: «Ande yo caliente y ríase la gente».

Jose Jaime

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