26
Oct
Puede parecer uno de los actos más extraños que he cometido como deidad de mi mundo.
A quienes lleguen al final del texto, a la mitad o incluso solo al principio, les concedo el privilegio de juzgarme. Si eso implica tirarme piedras o preparar la guillotina, no haré nada por impedirlo.
Un día me aburría sobremanera y empezaron a reunirse dentro de mí sentimientos oscuros: hastío, pena, rencor, envidia, venganza, misantropía y toda una mezcolanza de abandono y desazón.
Tomé una decisión: solo por un día, uno nada más, el principal defecto o virtud de todos los habitantes de mi mundo de fantasía se convertiría en una realidad palpable. ¿De qué manera? Adoptando la forma del animal que representara ese rasgo.
Es cierto que, así como hay muchas hormigas de una misma especie, muchos habitantes de mi mundo acabarían convertidos en animales de la misma especie. Es inevitable. Aunque cada uno se sienta único en su desgracia o en sus cualidades, hay rasgos que comparte con un grupo numeroso.
Vamos a ello.
Uno se levantó y ya no era una persona capaz de conducir e ir en coche al trabajo: se había convertido en un rinoceronte. Era ciego y arremetía contra todos sin distinguir a quién tenía delante. A menudo hería a quienes de verdad lo querían; esa era su ceguera. Destrozó parte de su casa cuando se vio en un espejo.
Otra puso un pie en el suelo y se convirtió en delfín. Trabajaba en una escuela para niños sordos y mudos, con quienes hacía muchos juegos y a quienes mantenía siempre contentos. Tuvo que llegar a la bañera como pudo.
A otro le habían crecido ancas y se había convertido en rana o sapo; daba igual. Iba de un trabajo a otro, de una ciudad a otra, de una amiga a un amigo. Así que saltar le venía perfecto. Y, como también estaba verde en cosas importantes de la vida, la nueva forma le venía al pelo. Aprovechó para irse bien lejos. Ya volvería.
El resto os lo dejo a vuestra imaginación. Cada uno puede añadir un animal que falte en esta lista, pero, por falta de espacio, no puedo contar lo que les ocurrió a los millones de seres que habitan mi mundo.
Por último, me uní a ellos, tal vez por solidaridad o para descubrir qué era yo en realidad.
Cuando bajé de la nube y pisé tierra firme, me convertí en caracol.
Dentro de mi gran caparazón, creo tenerlo todo. Tengo unos cuernos que son antenas; quizá tengan algo que ver con internet o el wifi. No querer aceptar el amor de otras personas ni resolver de verdad mis problemas me lleva a avanzar muy despacio, mientras los demás consiguen cosas: amigos, casa, dinero, trabajo, pareja…
Lo de la baba lo dejo a la imaginación de quienes hayan llegado hasta aquí. Y lo de esconderme dentro del caparazón o salir cuando llueve y me conviene… Creo que ya sé por qué me tocó ser este molusco.
El experimento, como ya he dicho, terminó al cabo de veinticuatro horas. Pero quizá no haya concluido del todo: si se repitiera más adelante, cada uno podría haber empeorado o mejorado y adoptar una forma distinta.
¿Y tú, sinceramente? ¿En qué crees que te habrías convertido? Si te resulta difícil elegir un animal, quizá te sea más fácil incluir en los comentarios a un amigo, un conocido o un familiar. O tal vez prefieras, como decía al principio, comentar que yo me convirtiera en caracol.
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