24
Oct
La sesión de música había comenzado. Música de móvil.
Había puesto siete alarmas a diferentes horas, separadas por intervalos de diez o quince minutos.
A la cuarta alarma, la que sonaba a las siete en punto, consiguió despertarse y levantarse de la cama.
Cada mañana era una lucha, un esfuerzo titánico, casi sobrehumano, para abandonar aquel mueble tan mullido.
Recordaba que, cuando iba a un pueblo lejano para aprender fotografía, no necesitaba librar aquella batalla diaria.
¡Qué gozada madrugar! Le encantaba. Sin embargo, casi nunca conseguía acudir a aquella cita.
Durante el curso no faltó ni un solo día. Las clases se celebraban casi siempre los fines de semana, y él acudía puntual.
Ahora tenía que ir a un centro terapéutico de lunes a viernes, y levantarse se había convertido en un suplicio.
Alzarse, bajar al perro a la calle, ducharse, desayunar… Y el reloj, siempre como enemigo.
Pero había vuelto a escribir. Y, con la escritura, había regresado también aquella alegría de madrugar, de levantarse cuando el mundo todavía dormía.
A veces se despertaba antes de que sonara la alarma. La casa permanecía en silencio y la luz de la pantalla iluminaba apenas su rincón de trabajo. Abría un documento, anotaba una idea, buscaba una imagen. Sin darse cuenta, el sueño dejaba de reclamarlo: tenía algo que hacer, algo que le apetecía de verdad.
Aprovechaba incluso las horas que debería dedicar a dormir para crear imágenes o escribir relatos. Sabía que no era lo más sensato y que necesitaba descansar, pero la necesidad de crear le empujaba a seguir.
Se sentía un artista desconocido, sí, pero artista al fin y al cabo. Tenía imágenes que crear, historias que contar y un montón de ideas esperando su turno.
Quizá debía cuidarse más y respetar las horas de sueño. Pero había recuperado algo que creía perdido: la ilusión.
Y ahora, cuando sonaba el despertador, ya no siempre escuchaba a un enemigo. A veces escuchaba la llamada de una nueva aventura.
«La felicidad depende de nosotros mismos».
— Aristóteles
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