24
Oct
Más de una vez le había salvado la vida aquel sentido: el oído. Los ruidos fuertes lo irritaban y lo aturdían, hasta el punto de no oír nada.
Pero los cuchicheos —cuando la gente murmura o habla a tus espaldas— eran como el caudal desbocado de un río durante una inundación.
Estaba con su amiga Magda y habían decidido ir a la horchatería a tomar algo.
Allí se encontraron con dos compañeras de Prisma, que ya estaban sentadas y tenían sus horchatas.
Los cuatro estuvieron charlando un rato, no demasiado largo.
Cuando se despidieron y Magda y él ya habían caminado unos metros, lo oyó con una claridad cristalina:
—¡Qué feo es! —dijo una de las compañeras.
—Y maricón —añadió la otra.
Se lo habían dicho muchas veces desde la adolescencia, a la cara y a sus espaldas.
Le molestaba una barbaridad. No le importaba ser desagradable a la vista, pero lo de «marica» le dolía mucho.
No le gustaban los hombres. Por circunstancias de la vida, lo había probado y tenía claro que le pirraban las mujeres.
Pasaba más hambre sexual que sed siente quien atraviesa un desierto.
Sí, Magda y él eran amigos desde hacía dos años, pero de sexo, ni hablar.
Además, su amiga tenía sesenta años y él, cincuenta y dos.
Si aquella situación le hubiera ocurrido a otro ser humano, quizá la habría superado en unos días o semanas. Sin embargo, había transcurrido más de un mes y la herida seguía quemando como si acabara de producirse.
«La fealdad tiene esta ventaja sobre la belleza: dura».
—Serge Gainsbourg
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